| Bailando en Chalma |
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1 julio 2012 Sección: Galería de imagenes, Reportajes |
Diana Ramírez Magnani “Ni yendo a bailar a Chalma”, suele decirse cuando algo es imposible de lograr. Sin embargo, los miles de peregrinos que visitan año con año esta pequeña comunidad del Estado de México no creen que existan imposibles para el Señor de Chalma. Muestra de ello es la fe que, con muchos sacrificios, los trae hasta este lugar, desde los más lejanos rincones del país.
Chalma es una pequeña comunidad que forma parte del municipio de Malinalco en el Estado de México. Su nombre significa cueva que está a la mano. Los habitantes de Chalma viven principalmente de los peregrinos que desde hace muchos años visitan el santuario. Cuenta la leyenda que en el año 1531 los frailes Sebastián de Tolentino y Nicolás Perea se enteraron de que en una cueva cercana a Chalma los indígenas veneraban al dios Oztotéotl. Acudieron al lugar y presenciaron los sangrientos rituales, que incluían sacrificios humanos y canibalismo. Al ver esto, comenzaron una labor de evangelización inmediata, implorando a la gente que desistiera de realizar ese tipo de prácticas y que destruyeran el ídolo que representaba a Oztotéotl. Según una de las versiones, tres días después volvieron a la cueva y descubrieron una imagen de cuerpo completo con un Cristo en el lugar donde estaba Oztotéotl, mientras que el ídolo aparecía despedazado en el piso de la cueva. La otra versión cuenta que un arriero andaba buscando a su mula y al entrar en la cueva descubrió la imagen que hoy se venera. El caso es que los evangelizadores proclamaron que se trataba de un milagro y los indígenas, impresionados, se convirtieron a la fe católica. Muy pronto se propagó la noticia entre los pueblos aledaños y empezaron a llegar vecinos de otras comunidades para ver al Cristo de la Cueva. En 1683, los hermanos Bartolomé de Jesús María y Juan de San José fundaron un monasterio cerca del lugar para acoger a los peregrinos, que aumentaban año con año, y construyeron una iglesia a la que fue trasladada la imagen para su adoración. El nombre oficial del primer santuario de Chalma es “Convento Real y Santuario de Nuestro Señor Jesucristo y San Miguel de las Cuevas de Chalma”.
La magia de Chalma En Chalma se celebran 13 fiestas cada año, pero las más importantes son las siguientes: el 6 de enero (Día de la Epifanía), el Miércoles de Ceniza, el Primer Viernes de Cuaresma, la Semana Santa, la Fiesta de Pentecostés, el 1° de julio (Día del Señor de Chalma) y el 25 de diciembre (Navidad). En estas fechas, parten hacia Chalma peregrinaciones de los lugares más recónditos de la República para “pagar una manda” o para pedir un milagro. Salen en grupos organizados y llevan estandartes de la Virgen de Guadalupe, por ser ella la madre de todos los mexicanos y también la madre del Cristo de la Cueva. Sin importar las inclemencias del clima, desafiando la lluvia que convierte el camino en un río de fango y retando el frío que cala los huesos, los peregrinos avanzan sin detenerse, motivados por la fe, ésa que mueve montañas y que les da la ilusión de ver un pedazo de cielo en la tierra.
Duendes de Chalma A pesar de que existe un camino pavimentado para llegar hasta el pueblo, la mayoría de los peregrinos pasa por el sendero de tierra junto al río, tal como lo hacían los indígenas, que iban a adorar a Oztotéotl a la cueva hace casi 500 años. Chalma es un lugar de encanto por su historia ancestral y por la energía magnética que emana de su santuario. Algunos peregrinos que escogen andar de noche por el camino del río de La Escondida, juran haber visto hombrecillos blancos, que al saberse descubiertos por las antorchas o por las lámparas de mano, salen corriendo y desaparecen sin dejar rastro. Evidentemente, los peregrinos que han vivido semejante experiencia buscan refugio temblando de miedo. Pero para los habitantes de Chalma esto nos es sorprendente. Dicen que son los duendes que desde siempre han habitado junto al río.
Ya en el santuario Una vez en el santuario, los peregrinos siguen un ritual que se acerca más a la superstición que a la espiritualidad. Llegan a un ahuehuete centenario y le dan tres vueltas. Después, se bañan en el agua del manantial que está cerca del árbol y una vez purificados se coronan con flores. La mayoría considera que es indispensable bailar antes de entrar al santuario. Así pues, en el atrio de la iglesia los feligreses llevan a cabo hermosos bailes regionales, ataviados con trajes típicos y acompañados por un mariachi. Limpios de cuerpo y alma, entran de rodillas a la iglesia hasta encontrarse frente a la imagen sagrada para besarle, con devoción, los pies. En el portal de la iglesia se observa una inscripción que reza así: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados y yo os aliviaré”. En el interior, la mayoría de las pinturas datan del siglo XVIII. La más importante es la imagen del Cristo de Chalma. También llama la atención la escultura del Arcángel Miguel y la pintura de la Virgen de Guadalupe. Asimismo, hay una imagen del Santo Niño del Consuelo, que es muy venerada por los fieles. Afuera de la iglesia, camino al río, en los retablos atiborrados de fotos o mechones de cabellos, entre otras ofrendas, se constatan los favores concedidos por el Cristo de Chalma. Después de la Basílica de Guadalupe, Chalma es el santuario más visitado de México. Cada año llegan cerca de dos millones de personas y se calcula que el Día del Señor de Chalma arriban alrededor de 50,000 personas. Por eso, la calle principal está repleta de comercios con objetos religiosos, botellas de agua bendita y restaurantes. Rodeado de colinas, valles y montañas coronadas con cruces de más de siete metros de altura para ahuyentar a los malos espíritus, Chalma es un punto de encuentro entre la realidad y el sueño. Cada año, siguiendo una tradición de antaño, los feligreses bajan a cuestas las cruces para pintarlas y adornarlas en el santuario. Cuando terminan de decorarlas con esmero, vuelven a llevarlas a su lugar de origen y no dejan de bailar y cantar, adorando la cruz, hasta que amanece. Es así como una combinación de magia, misticismo y religión dan vida a una de las muestras de religiosidad más fervientes de nuestro país. Aquí el tiempo parece detenerse y se entretejen rituales prehispánicos y devoción católica en un mismo tejido, donde el milagro más grande es el poder de la fe.
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