Voy vengo
imagen
facebook twitter rss
imagen
imagen
Secciones
Encuesta

¿Qué artículo te gusta más de esta edición?

Ver resultados

Loading ... Loading ...
imagen
esp
imagen
El Desierto de los Leones
1 agosto 2011
Sección: Galería de imagenes, Rincones
El Desierto de los Leones

Emmanuel Carballo*

El Parque Nacional Desierto de los Leones, en donde a principios del siglo XVII se construyó un monasterio de la orden de los carmelitas descalzos —que hoy en día todavía se puede apreciar—, se ha convertido con el paso de los años en uno de los lugares favoritos de los capitalinos para disfrutar de la paz y la tranquilidad que cada vez es más difícil encontrar en la ciudad.

 

La idea de la fundación del Desierto Santa Fe, o de los Leones, fue del padre Juan de Jesús María, uno de los primeros carmelitas que pisaron tierra mexicana. Descubrió el sitio en los montes de Santa Fe, el 2 de diciembre de 1602; el 1 de enero de 1605 se dijo la primera misa y el marqués de Montesclaros, virrey de la Nueva España, puso la primera piedra el 23 de enero de 1606. La obra se terminó en 1611. El 2 de julio de ese año comenzó de modo formal la vida eremítica. El hermano fray Andrés de San Miguel fue el arquitecto de la obra y a cuenta de Melchor Cuéllar corrieron todos los gastos.

La sede del Desierto, mirándolo desde las cumbres de los cerros, según cuenta un viejo ermitaño, tenía 21,000 varas y su cerca 9,000. La construcción de esta cerca duró 10 años y costó $28,000 pesos. Dispersas entre el monte se construyeron nueve ermitas que tenían su respectivo santo patrón y eran habitadas por los frailes en tiempos de cuaresma y adviento.

A principios del siglo XVIII los superiores proyectaron trasladar el Desierto (así se decía en la jerga carmelita, Desierto o Yermo, al convento apartado del mundanal bullicio donde los frailes se dedicaban a la vida contemplativa) a otro lugar más sano, pues la humedad de los montes parecía insoportable. No obstante, y después del pretexto que trajo consigo el temblor de tierra del 16 de agosto de 1722, el espíritu de penitencia de los eremitas se opuso al cambio y sólo se colocó el convento un poco más arriba de donde estaba situado para darle mayor ventilación. Otra calamidad ocurrió el 28 de febrero de 1739, según cuenta Sahagún de Arévalo: ese día hubo un incendio “en una pieza de las del Santo Desierto, destinada al carbón, y de ésta se comunicó a otra contigua, llena de paja, que en breve se redujo a ceniza, y a no haber sido, como fue, a las once del día, este incendio pudo apoderarse del resto del convento”.

Los subterráneos que todavía hoy se pueden mirar entre las ruinas, tenían como fin preservar un poco a los monjes de la humedad. Al fin, y dadas las inconveniencias (la humedad, el frío y los impertinentes que, en legión, llegaban de la Ciudad de México), tuvieron que decidirse por el traslado. El Capítulo Provincial celebrado en 1780 decretó el cambio del convento a los montes Nixcongo, a unos 11 kilómetros al sur de Tenancingo, Estado de México. El año de 1614 los carmelitas hicieron entrega del Desierto de los Leones a la Ciudad de México.

Se llamó de los Leones, afirma Alfonso de Rosenzweig Díaz, no porque fueran muchas las fieras que habitaran aquel lugar sino, quizá, a causa del enconado litigio que sostuvieron dos belicosos hermanos de apellido León (los Leones) contra un antiguo cacique de Coyoacán, don José Patiño de Ixtolinque y otros pretendientes del predio. Don José era descendiente de Juan Guzmán Ixtolinque, quien salvó la vida a Cortés en Cuernavaca, motivo por el cual los reyes de España le confirmaron antiguos derechos sobre extensas posesiones territoriales, entre las que se contaba el Desierto de los Leones. Patiño Ixtolinque promovió en el siglo XVIII pleitos contra los carmelitas, acusándolos de invasión de terrenos. Aun cuando ganó el juicio, los religiosos interpusieron apelación a la sala de “mil y quinientas” en España. Allá fue Patiño, y después de sufrir calumnias e intrigas, de peripecias a lo largo de muchos años, logró ganar el juicio. Supo del resultado en la cárcel, y en la cárcel murió poco después, antes de hacer valer su triunfo. Otro Ixtolinque, Salvador, entró en el siglo XVIII como lego carmelita en el convento del Desierto de Cuajimalpa. Estuvo recluido 22 años en una celda por no haber convencido a sus padres que cedieran sus derechos de propiedad a la Orden.
En 1828 el Congreso dio a los pueblos de Santa Rosa, San Bernabé y San Bartolomé una tercera parte de este terreno y sus aguas correspondientes. En 1845, con el pretexto de instalar una fábrica de vidrio (que resultó de moneda falsa) se destruyó parcialmente la capilla principal. En 1911 Victoriano Huerta autorizó la apertura de un restaurante en el convento (a partir de 1985 funciona en una de las salas del edificio un comedor que cumple decorosamente sus funciones). En los años de la Revolución, el Desierto, tanto el convento como su extensión boscosa, fue escondite de zapatistas. Valentín Reyes, famoso por su temeridad y crueldad, lo tomó como centro de sus fechorías. Por decreto de Venustiano Carranza, expedido el 15 de noviembre de 1917, fue declarado Parque Nacional. (El 24 de enero de 1919, a las diez y cuarto de la noche, sopló sobre el Desierto un violento huracán que arrancó de cuajo una preocupante cantidad de árboles. Ésta ha sido una de las mayores tragedias sufridas por el bosque en lo que va del siglo). Una resolución del Ejecutivo, del 6 de mayo de 1981, reconoció los derechos y títulos de los comuneros de San Mateo Tlaltenango sobre buena parte de las tierras del Desierto de los Leones. A partir de ese dictamen, 80% de sus terrenos quedaron comprendidos en propiedad comunal.

Conviene decir que el Parque Nacional del Desierto de los Leones es un bosque de oyameles, pinos y cipreses, notable hasta hace unos cuantos años por la espesura de su vegetación. Tiene una amplitud de 1,529 hectáreas. Su situación geográfica, tomada desde el atrio principal de las ruinas del monasterio, es la siguiente: latitud Norte 19° 18’ 50”. Poniente del Meridiano de Greenwich: 99° 18’ 18”. La altitud absoluta aproximada es de 2,920 metros.

“Un paseo al Desierto de los Leones, para los capitalinos —señala Rivera Cambas—, es verdaderamente agradable. Levantándose con la aurora, se pasa el acueducto de Chapultepec y se continúa por el camino hacia Tacubaya y se asciende hacia las elevadas montañas de las Cruces. La desnudez de la primera parte del ascenso es casi extrema y en las cercanías de las aldeas brotan arroyuelos que corren por las barracas. En las lomas suelen encontrarse algunos bosques que se pudieron salvar de la escandalosa destrucción de arboledas que caracterizó la época de la Colonia, circunstancia que influyó en el enrarecimiento del aire y en la disminución de las aguas.

”Tan luego que se deja atrás la aldea de Santa Fe, se abandona el camino que conduce a Toluca y se baja a una barraca, se continúa marchando por el costado izquierdo por un camino quebrado y después por veredas y, de vez en cuando, por praderas rodeadas de altos montes. Por fin se entra al antiguo camino empedrado que conduce al Desierto, rebosante en otras épocas de habitantes de la capital que en ciertos días del año acostumbraban visitar el monasterio. La calzada está desierta y la cubre exuberante vegetación. El antiguo monasterio semidestruido (levantado sobre un adoratorio de los antiguos mexicanos) se eleva entre árboles gigantescos que quieren ahogar el edificio entre sus ramas”.

Concluye con una anécdota que Helmut Wagner relata en su libro El bosque y la conservación del suelo, leyenda que me gustaría se volviera a repetir en estos días. Wagner recuerda que Netzahualcóyotl, rey de Texcoco, hizo un recorrido nocturno para enterarse de lo que pasaba en sus dominios; encontró a un muchacho que recogía leña y le llamó la atención, advirtiéndole que no estaba permitido cortar ramas de los árboles.

También quiero recordar que hacia 1910 había en el sur del Valle de México 20,000 hectáreas de bosque y que en 1930 se redujo la extensión boscosa a 8,000 hectáreas. Me pregunto ¿cuántas hectáreas vivas y sanas existen hoy, 66 años después?

Recuadro

 

¿Cómo llegar?

El Desierto de los Leones se encuentra situado al poniente de la Ciudad de México, en lo alto de la Sierra de las Cruces, en el kilómetro 32 de la carretera México-Toluca.

Para llegar, existen dos accesos: uno a partir de San Ángel, por el camino al Desierto de los Leones, que se puede tomar desde la lateral del Anillo Periférico, rumbo al sur, a la altura de las colonias Altavista y San Ángel; el segundo acceso es por la autopista México-Toluca, desde “La Venta”, donde actualmente se ubica la caseta de cobro (pasando Santa Fe y Cuajimalpa).

NOTA

* Texto publicado originalmente en la Revista Crónicas de la Ciudad de México, Consejo de la Crónica, enero-marzo de 1996, reproducido con autorización del autor.

 


Comments are closed.



imagen